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sábado, 28 de abril de 2012

La leyenda del violín de Oro ( II )




Cuando Istán de Terriente llegó a su taller, comenzó presto la fundición del oro, el crisol al contacto con la seca leña de carrasca, comenzó lentamente a fundir el oro, ayudado por una larga tenaza fue depositando el ardiente oro liquido en las cejas de tierra que había construido para laminar. Primero la delicada caja de resonancia, con el grosor calculado con minuciosidad para envolver macerar y expandir las notas. De inmediato Instan volvió a verter oro fundido en esta ocasión en el negativo dedicado a la voluta y el mástil  del violín, el peso justo para que armonía y orden sean equilibrados. Rompía el amanecer e Istán de Terriente tenía ya confeccionadas las clavijas y el diapasón. 


Al caer esa misma tarde, la trasera y la tapa armónica estaban listas para su ensamblaje, al igual que la graciosa ceja superior, con entusiasmo pulió las escotaduras y cinceló con esmero el filete perimetral. Las estrellas lucían en lo más alto cuando el hacedor de música ensamblo las piezas, ajusto las escotaduras del violín con destreza había cincelado una fina “alma de plata” en el interior para ajustar la tapa superior, pulió los oídos, esos graciosos agujeros en forma de f, a los que biseló con especial maestría.

La última mañana, antes de su macabra cita, subió a ver a su amada hija, que no avanzaba en esa lastimosa enfermedad, durante algunos instantes la contemplo con la serenidad de quien se sabe ante el sacrificio máximo, dos saladas recorrieron sus mejillas fruto de la melancolía, pero era tanto el amor que Istán de Terriente tenía por su hija, que cualquier sacrificio merecía la pena, incluso la condenación eterna en los infiernos del Demonio. Después bajó a su taller y ensamblo las últimas piezas, la tastiera o diapasón, el cordal y la mentonera, donde el príncipe de las tinieblas debía apoyar su terrible rostro para tocar el violín de oro.

Una vez tuvo todos los elementos colocados solo restaba insertar las cuerdas bien cogidas en el cordal y reguladas por el microafinador. Del zurrón con sumo cuidado sacó las cuerdas de rayo de luna, y la anudo a las clavijas y al cordal, con sumo cuidado, colocó el puente, que había elaborado en aromática madera de sabina, de una fineza y exquisitez impresionante.

El hacedor de Música cerró por unos instantes los ojos, recordó al joven de rubios cabellos de su ensoñación en el manantial, calculó que tendría no más de 16 años y llegó a la conclusión de que se trataba de un Ángel.

Rompía el Alba la mañana del diez de agosto, día de San Lorién, el violín estaba terminado esa misma noche a las doce, cuando el undécimo día de agosto fuera real, sería la cita entre Istán de Terriente y el príncipe de las tinieblas. El hacedor de instrumentos de música volvió a la habitación de su hija, estaba tumbada mientras un tibio aire de pino y enebro, penetraba por la entreabierta ventana, de las sábanas se desprendía una fragancia intensa a tomillo y agua clara, acarició el rostro de la muchacha está abrió los ojos y con dulzura agradeció las atenciones de su padre.

-Tengo que irme mi dulce niña

Cuando el sol comenzaba su descenso entro los pinares del norte, Istán de Terriente, comenzó el recorrido que le llevaría a su macabra cita, bordeo la senda del Molino de las Pisadas en dirección a Frías y de allí bordeando el Arroyo de Calomarde, desembocó en la plana del Villar, en cuyo centro se encontraba el inmenso talón de la roca de Menzio. Esta era una gran mole de piedra blanca y gris cincelada por siglos de cierzo y nieve, algunos pastores trashumantes encontraban allí refugio para su ganado cuando comenzaban el viaje hacía las zonas de fresco pasto. El hacedor de instrumentos de música miró con asombro la mole, cuando la noche anunciaba por el este su llegada aún tímida.

Las dudas asaltaron a Istán de Terriente ¿Y si la ensoñación era una tetra del Diablo? Le angustiaba la idea, por otro parte, otro pensamiento le aterraba, la posibilidad de que Satán se diera cuenta del engaño antes de tener en sus manos el instrumento, entonces no solo él se condenaría, también su amada hija cuya enfermedad permanecería consumiéndola.

Entendió que una vez colocadas las cuerdas de rayo de luna no había vuelta atrás, reflexionó sobre cómo debía colocarse para darle a Satán el violín y pensó que lo mejor era de espaldas a la roca puesto que allí la oscuridad era más intensa, a pesar de que al maligno le acompañaba una luz grisácea en todas sus salidas.

Por la cabeza de Istán de Terriente volvió a pasar nítida la imagen de su hija, entre las sábanas de algodón almidonadas, recordó por unos instantes porqué había pedido la intercesión del príncipe de las tinieblas para curar a su hija, toda una vida haciendo instrumentos para glorificar al Señor sin que los cielos intercedieran cuando su hija cayó enferma de tanta gravedad, incluso había sido recriminado severamente por el Obispo de Albarracín por lo que la curia consideraba excesivo precio en la reparación del órgano de la Catedral, también recordó como los curas de su pueblo murmuraban por permanecer viudo desde el nacimiento de su hija.

Pensamientos mientras la noche caía en la plana del Villar, con Istán de Terriente situado frente al gran talón de piedra. Y de repente Istántranquilidad.

Cuando la tenue luz de la estrella polar acariciaba la noche, apareció Satanás, su áurea grisácea le acompañaba, venía solo, en su mano derecha un arco, de bruñido oro, pero lejos de un aspecto monstruoso, el diablo se había presentado con patillas largas y pelo cetrino peinado hacia atrás, se detuvo con autoridad ante un Istán que permanecía sentado, le miró y le hablo con una voz atenorada.

-Hacedor de instrumentos de música ¿Has cumplido el trato?

-He cumplido el trato

-Entrega pues el violín de oro a su legítimo dueño.

El hacedor de instrumentos de música se incorporó, contempló al Maligno, la luz grisácea que irradiaba era más intensa, por un instante Istán de Terriente miró al Diablo como si de un instrumento de música se tratara, intentó descifrar su apariencia como si de sus piezas se compusiera, como si el rostro las manos el pelo y la cara fueran un perfecto ensamblaje que diera como resultado la pieza acabada. Miró esas manos que percibía vistas no ha mucho tiempo, el pelo casi lacio y las patillas largas y en ese instante, en ese momento de una noche de pactos del mal Istán de Terriente ensamblo el instrumento que percibía en Satanás. Con desafío miró al príncipe tenebroso y le hablo con rotundidad

-Hacer con vos un pacto es condenarse por el resultado y por el camino que dicho pacto obliga a recorrer. Pues vos obtendréis mi alma, y el violín que yo he construido, por salvar la vida de mi amada hija, sin que yo pueda comprobar si esa parte del trato que corresponde a vos, se ha cumplido.

El Diablo se vio sorprendido por la aseveración y rotundidad del hacedor de instrumentos de música intentaba articular palabra pero de nuevo el serrano se adelantó acercándose al él.

-Curiosamente, hoy aparecéis con muda de caballero, lo mismo que en el pasado os vestisteis de Obispo para negarme lo que me correspondía por mi quehacer, lo mismo que cuando me llegan vuestros murmullos con sotana y lo mismo que sois capaz de suplantara mi maestro y conducirme al manantial que hará dúctil el oro, y en ensoñación hacerme ver que todavía estoy ha tiempo, de cumplir con mi parte del trato.

-¡Dame el violín hacedor o te conduciré al infierno conmigo en este instante!

-Si hoy no hay luna llena tampoco la pudo haber en el manantial, he cortado mucha madera en esta sierra como para no saber que luna reina en cada cielo de mi tierra.

El diablo se impacientaba, miraba fijamente al hacedor de instrumentos de música, como este henchido de orgullo, le desafiaba.

-Demasiado tarde Istán de Terriente, el violín ya está hecho, y yo batiré sus cuerdas para que el mal gobierne con “mayoría absoluta” la tierra. El violín ha sido concebido para hacer mal y no podrás evitarlo.

-¿Quien dice que quiera evitarlo? Como vos decís haré que el violín haga mal.

En ese instante, Istán de Terriente se quedó a un escaso metro del Diablo, con su mano derecha sujetaba el violín por el mástil oculto en su espalda,  dobló el brazo de repente la luz grisácea que irradiaba el Demonio reflejaba en el maravilloso violín de oro, el príncipe de las tinieblas lo contempló con codicia……. En ese instante con una fuerza ahorrada en jornadas de fatiga, Istán de Teriente ¡Impactó! entre carcajadas el violín en la cabeza del diablo, el estruendo se escuchó con amplitud en toda la sierra, los gritos del diablo sembraron el terror entre los pastores que a varias leguas custodiaban sus rebaños. Satanás hincó las dos rodillas en tierra mientras Istar de Terriente concluía.

-Recordad que si voy al infierno, me llevaré el violín para volver a abriros la cabeza.

Satanás huyó dolorido perdiéndose en la noche, el violín de oro había tocado al Demonio, por tanto la hija del hacedor de instrumentos de música sanó esa misma noche, Istán nada más llegar al pueblo con el violín de oro, se fue a la casa de los curas murmuradores a los que insertó sendos golpes con el instrumento en sus cabezas y luego le prendió fuego a la casa.

Al día siguiente con su hija y todas sus pertenencias, abandonó el pueblo rumbo al norte de la sierra, donde nace el río largo, sin que nada más se supiera le hacedor de instrumentos de música.”

Y de todos estos hechos doy relato yo Guillén de Griegos, quien pastoreaba la plana del Villar a la edad de diecinueve años y desde hace cuarenta soy monje en este monasterio al oeste del Vallecillo”.

 

El caminante en ese momento comprendió que nunca encontraría el violín de oro, probablemente Istán de Terriente lo fundiera para sufragar su nueva vida, o tal vez se lo llevó a infierno para darle con él en la cabeza de nuevo a Satanás, la gente de esta sierra es así de tenaz.





domingo, 15 de abril de 2012

La leyenda del violín de Oro ( I )



Había caminado incansablemente todo un año, por las montañas de la sierra, recorrido todas las sendas que los mapas encontrados en aquel viejo monasterio le dictaban. En sus plateadas sienes aún retumbaba aquella tarde de marzo cuando abrió aquel extraño cofre de latón y leyó aquel paradigmático pergamino.

“Yo Guillen de Griegos, presencié como aquella noche negra Istán de Terriente, sucumbió a los designios del maligno, quien con sus malas artes, llevó el alma del hacedor de Instrumentos de Música a los negros laberintos del fuego eterno. Pues Istán tenía hija de catorce años enferma por tiempo, y pidió la intercesión del maligno para su cura, este accedió pero el diablo nunca hace favores y duro fue en sus exigencias por salvar la vida de la amada hija del serrano

El maligno sacó de su entraña vil doscientas onzas de oro, con las que Istán debería construir un violín de oro, de un saco azul de oscura noche, Satán le entregó cuatro serpientes que al contacto con la noche se convirtieron en cuerdas con las que el hacedor debería dotar al violín. El maligno leyó las condiciones del pacto. Confeccionado el violín y una vez depositado en la mano de Satán, la hija del hacedor de música sanaría inmediatamente, pero Istán de Terriente entregaría su alma definitivamente a los infiernos del señor de las tinieblas. Así quedo rubricado con la sangre del serrano ante horrible mirada del maligno. El plazo treinta días desde ese momento, ya que esa era noche de eclipse y oscuridad.

Durante ese tiempo, en el taller de Istán en Terriente se trabajo sin descanso para la construcción del macabro instrumento. Mucha era la leña que en los crisoles había de quemarse para poder fundir aquel oro de inmensa pureza que había recibido de las manos del príncipe de las Tinieblas, pasados cinco días y viendo que era imposible fundir las onzas con la densidad necesaria para confeccionar el violín, Istán de Terriente marcho a visitar a su antiguo maestro Loís de Bronchales.

El anciano maestro quedó maravillado al ver las onzas de puro oro que su antiguo aprendiz le traía, jamás había visto tanta pureza, reflexionó Loís de Bronchales largo y tendido, examinó con sus instrumentos y formulas magistrales el oro, y tras varias horas de observación y cálculos concluyo: “Este oro forma parte del mítico tesoro templario, que fue arrebatado a la orden en la oscura noche de su exterminio, tiene propiedades que le hacen casi indestructible, oí a mi maestro cuando yo era un triste aprendiz en Gea, que solo las aguas de la fuente Cobeta que manan frías junto con los claros rayos de luna llena, pueden hacer este oro dúctil para su trabajo”. Escuchadas las palabras del anciano, Istán de Terriente puso rumbo al corazón de la sierra a la fuente Cobeta, un lugar donde las gentes decían que bajaban a beber las hadas y elfos de la sierra.

Duras jornadas de camino, entre sendas y veredas, cuando en la caída de la tarde en veladuras de rojo, Istán llegó a Fuente Cobeta, prados y flores de colores le recibieron, observaba sin embargo el hacedor de instrumentos de música que el roce de su zurrón, con el oro del príncipe de las tinieblas tornaba mustias las multicolores flores. La noche se iba haciendo cada vez más presente y en las montañas un albor de fresca luz invitaba a ver la luna que pronto sería plena. Aprovecho Istán para tumbarse y la quietud del lugar pronto lo trasladó al mundo de los sueños. 

Creía estar despierto, junto al agua fresca que se deslizaba con generosidad en la roca del manantial. De repente las flores cambiaban de color con armonía plena, el cielo aún en la noche rompía en destellos azules, todo ese clamor de fantasía le envolvía encontrándose en un maravilloso estado casi placentero, como jamás recordaba haber estado, de repente junto al manantial, vio a un joven de rubios cabellos, sentado, a Istán de Terriente le llamó la atención su piel blanca, sus ojos azules como un cielo matutino de primavera. Llevaba blanca túnica y al hacedor de instrumentos de Música le llamó la atención que fuera descalzo.

El joven miró a Istán con candor.

-Pareces cansado hacedor de instrumentos de Música

-Lo estoy llevo varias jornadas recorriendo la sierra.

El joven observo el zurrón, una sombra de tristeza recorrió su rostro, las flores que le rodeaban apagaron sus brillos y un gotas de un rocío carmín recorrieron algunos pétalos.

-Servir al demonio agota Istán de Terriente.

-Ahora ya es tarde.

-Nunca es tarde Istán de Terriente, te das cuenta como el maligno te agota para que no cumplas tus plazos, entre tu viaje a Bronchales y tu llegada aquí has perdido cuatro días.

El hacedor de instrumentos de música rompió a llorar, era consciente de que no tenía tiempo material para confeccionar el violín de oro, la amargura se hizo dueña de su alma. El joven de rubios cabellos extendió una flor blanca y mirando sus cansados ojos le dijo:

-Tienes tiempo de salvar tu alma y  la de tu hija Istán de Terriente, el príncipe de las tinieblas pretende batir un horrible arco confeccionado con el alma de todos los malvados reyes que han poblado la tierra, debes construir el violín con estás cuerdas.

 El joven se elevó y con su mano cogió un rayo de luna llena, que meció en sus manos convirtiéndolo en cuatro cuerdas de violín. Posteriormente acercó una fuente de porcelana con agua del manantial y le dijo al hacedor que sumergiera el oro en esa agua, una vez lo hubo sumergido, tapó la fuente y el muchacho le indicó

-Deberás confeccionarprofundidades del infierno. El violín permanecerá allí porque Satán lo tirará al suelo, una vez en tus manos de nuevo, deberás lanzarlo contra la roca de Menzio justo donde te citarás con el ángel caido ¡Pero recuerda no intentes batir cuerda alguna!.

La aseveración del bello muchacho retumbó en los oídos de Istán de Terriente, incorporándose, estaba perplejo había sido un sueño ¡Tan real! Miró al horizonte, las flores no eran tan cuantiosas como en el sueño, miró su zurrón y su sorpresa fue enorme cuando comprobó que allí estaban las cuerdas de rayo de luna que junto a él había una fuente de porcelana con el oro sumergido en agua del manantial. 

(continuará)




15 de Abril de 2012. El Vampiro del Cierzo cumple 1 año  


  
 



jueves, 12 de enero de 2012

El Retablo de las 24 Historias


A Jaime por sus maravillosas lágrimas de creación


Todos conocían en la vieja ciudad de las piedras, el obrador del maestro imaginero, allí desde su juventud Ximeno de Burgos, labraba imágenes y retablos para conventos y parroquias,  también para la poderosa nobleza que dedicando  unas horas al rezo en sus casonas y palacios, creían asegurarse ese trozo de cielo, que monjes, canónigos y prelados vendían en la tierra.

Era Ximeno de Burgos artesano con maestría, había aprendido el oficio por una tremenda vocación, ya que su familia jamás se había dedicado a nada tan singular como las artes, incluso cuando con la serenidad que él ha convertido en virtud, expresó su deseo de formarse en el taller de Gonçal Dalmau, encontró un poco de indiferencia y un mucho de desinterés. Pero su fuero interno -como conciencia seguro- le decía que ese era de los caminos…… el correcto, que sin duda había nacido para labras e imágenes, para hacer de la creación profesión y vida, sabedor como era Ximeno de Burgos, que en cada obra y en cada traza, daría todo lo mejor de sí, pues cada personaje cada impronta era una parte de su alma y un todo de sus lágrimas.

Se acercaba el final del año, Ximeno de Burgos trabajaba denodadamente en su taller, no estaba tan lejos aquel tiempo que el maestro Dalmau, le había enseñado pacientemente el oficio, ni tampoco cuando le dejó encomendado el taller con la marcha de este a la Corona de Aragón, donde era requerido por el primado de aquella Iglesia el Arzobispo de Tarragona.

Era un momento especial, Ximeno labraba y pintaba el gran retablo de las 24 historias, un encargo que había llegado a su taller, con cierta prudencia, con cierto halo de misterio desde hacía tiempo, llevaba una época que ya había trabajado en distintas trazas para un gran retablo donde se exhibiera lo mejor de su arte, lo mejor de su alma y sin duda que este encargo reunía las condiciones necesarias para convertirlo en esa creación donde reflejar tantas palabras vividas, tantos anhelos y tanta maestría adquirida con el paso del tiempo.

Había cierto movimiento en el obrador, junto a Ximeno de Burgos, dos aprendices venidos de Zaragoza a la adusta Castilla, Daniel y Andréu, ambos se encontraban todavía en la fase de ser considerados mozos, ordenaban las carpetas y grabados del maestro, y comenzaban con las sabias enseñanzas por  este a realizar los preparados de estuco y bol para asentar los dorados; conocidas eran las magnificas policromías doradas de Ximeno de Burgos, los brocados estofados de sus estampaciones en las tablas, la sensualidad de sus geometrías, sus retablos eran definidos como paginas de bellas palabras, donde cada imagen iniciaba un hermoso dialogo con el espectador.

Se acercaba el momento de entregar la obra y Daniel y Andréu se empleaban a fondo en colocar las finas capas del bol de armenia, para el trabajo de dorar, ese retablo era para ellos un prueba dura, puesto que sabían que de su hacer podían subir un nuevo escalón con la ayuda de su maestro y convertirse en aprendices, para ello no solo debían ser juzgados por el propio Ximeno de Burgos, también el gremio de pintores y doradores de la ciudad debía emitir su opinión al respecto.

Cada tarde antes de salir del obrador, miraban la fina mazonería que albergaba las 24 imágenes que con paciencia iba creando el maestro, el maravillosos juego de tracerías que adornaría cada tabla, el sutil juego de pináculos que separaba cada calle de las cinco que tenía el retablo, con esa majestuosa calle central donde Ximeno de Burgos, habría de colocar las escenas más importantes, y la magnifica polsera ya terminada, que envolvía todo lo mazonado.

El dorado estaba casi listo, miraban con interés como el maestro depositaba las láminas de fino oro y bruñía con el ágata adecuada la superficie, luego Daniel se encargaba de barnizar con un preparado resinoso la superficie dorada para acentuar su brillo, mientras Andréu limpiaba los sobrantes de las delicadas hojas de oro.

Se acercan los días y las imágenes están casi listas, esa tarde el maestro permite a sus alumnos ver 22 de las 24 tablas que han de colocarse en el retablo, los ojos de ambos jóvenes –casi niños- se abren como si el sol iluminara doblemente un espacio, quedan quietos sin moverse y solo aciertan a ver como esa perfección de colores, de sensualidades les inunda con una magnificencia propia de las sabias manos que las han creado. Entienden de repente las emociones del maestro, sus lágrimas, como su alma y su cuerpo son pensamiento y pincel en la construcción de cada historia, como esas tardes de intensidad le dejan absorto, cansado pero con un interior rico en nuevas ideas que serán plasmadas en las siguientes jornadas.

El retablo está concluido, han pasado ya muchos días desde que comenzaran a colocar las 22 tablas terminadas, quedan las imágenes centrales, las que dan sentido al retablo, sobre una delicada tracería, y justo debajo del ático que corona el blasón de la ciudad, un río y dos ángeles uno lleva unas plantas y flores en la mano y el otro un laúd. Para los comitentes el maestro ha plasmado como se llega a la salvación a través de las aguas, pero el maestro sonríe y sabe que su plasmación es cariño, es amistad y es sinfonía de esos buenos momentos vividos.

Queda por colocar la tabla central, la mayor en tamaño, la que la capitulación y contrato señala que debe ser un alegoría a la Epifanía, cuando Ximeno de Burgos ordena a los mozos que ensamblen la tabla, todo el retablo se convierte en un universo de color, de formas llenas de armonía, de sentidos y líneas que penetran en la retina, un juego de color equilibrado con sentimientos estilizados que resuenan como palabras, es todo un orden de amor el que se sitúa, aparece un plano lejano con tres reyes magos que caminan de espaldas hacia el infinito, una plaza con luces en el cielo y un niño hablando con un paje real, que parece rezagado, en la esquina inferior izquierda un hombre bueno escribe en un pergamino lo que allí ocurre mientras de sus ojos brotan bellas lagrimas de felicidad.


martes, 6 de diciembre de 2011

Acordes de Luna



Al llegar el ocaso, la primera caricia de la noche le devolvía todo su conocimiento y su oído. Era como si en su interior una extraña danza ritual comenzara con la oscuridad, como si un abrasador fuego se tornara agua, remansos de agua limpia con miles de gotas resonando armónicamente en sus sentidos. La noche amante cómplice le devolvía su ser encerrado por el día. Así dejaba de ser Fertús Utrillas Almudevar, de profesión cartero, adscrito a la Unidad de Reparto número 7, en la ciudad de Huesca. Nunca fue Fertús en realidad nunca fue Cartero, nunca había vivido en Huesca. Había que remontarse a tiempos de fuego y gotas de rocío, de suaves brisas de noche y días de Sol, a lagos y montañas, allí donde todo es melodía, allí donde la nieve es el blanco manto de los sueños inalcanzables, allí donde los hijos del Sol tañen en lo alto de la gran montaña música para acariciar los rayos del Señor de la luz.

Allí vivía Luzer, la suya era la comunidad más numerosa de magos, que cada día batían sus cuerdas en honor del Sol, cada día cuando el Padre Sol asomaba por la cumbre oeste del Aneto, indescriptible era la música que aquellos magos interpretaban para que el rey de la luz acomodase su poder sobre las montañas e iluminara de manera radiante todo el paisaje de los vivos.

Con la llegada del atardecer los magos bendecidos por el Sol, permanecían en oración en el gran templo excavado en el interior de la montaña, allí pasaban la noche, esperando el milagro diario que cada amanecer les otorgaba como un maná de energía;  la noche era oscuridad y por tanto debilidad para la comunidad mágica. Era Luzer uno de los virtuosos de ese momento mágico -era joven- sus ojos verdes simbolizaban la llama del sol en su cuerpo, pero era Luzer alma inquieta ávida era su mente de conocer los secretos de la noche. Cada vez que pasaba por el óculo que una capa de hielo rosa cerraba el gran rosetón del templo, Luzer había observado como no siempre la oscuridad se adueñaba de la noche como cíclicamente una luz blanca y envolvente penetraba por el óculo e inundaba la estancia, “noches de hechizo” así las denominaban algunos de sus maestros.

Una noche de meditación Luzer tuvo un sueño, se veía en medio del manto blanco de nieve fría, solo de pie en la montaña, y una dama con una blanca túnica le daba un beso en la mejilla, mientras le susurraba al oído “quiero tu eternidad de cuerda”. El mago retornó nervioso al concierto que todos los magos realizaban en ese momento con sus mentes para aislarse de la noche; Luzer pidió retirarse al lago interior, allí donde el agua cristalina es constante música, antes de entrar en la suntuosa caverna mágica que alberga el lago, Luzer sintió la tentación, y prosiguió camino hacia la gran entrada del templo, su sueño se le hacía presente cada vez con más nitidez, llevaba su arco y su violín. ¡Abrió la gran puerta! y allí estaba la Luna, reinando en el cielo llena de luz, llena de embrujo, los ojos verdes del mago derramaron lágrimas de emoción, de sentires plenos forjados en su alma.

Los vientos de la noche le acariciaban, la nieve se tornaba en alfombra de estrellas para acariciar sus pies, y Luzer batió sus cuerdas como jamás un mago lo había hecho, con una melodía de sueños y de dulzura como si  las gotas de una lluvia nocturna cayendo sobre un fino hielo cristal de universos y paisajes resonaran en la noche. La Luna alcanzó la mayor de las plenitudes; era sinfonía y dama de cabellos de plata fina, era amor en el alma del mago. Su poder sobre la noche levantó oleadas de azules pardos, de violáceos de vidrio y calma. La luna se sintió amada, fue un ciclón de hechizos, fue un vapor de notas suaves que en la noche retumbaban con los rayos de la Luna derramados en la nieve como pétalos de flores de noche y de fantasía.

Cuando Luzer abrió los ojos, la mirada de los magos era de miedo y terror, pues en escasos segundos el Sol alcanzaría la plenitud del Aneto. Se incorporó con su violín, los primeros rayos acariciaban destellos en la cumbre desde el oeste, en la pequeña fracción de un bemol, los rayos del señor de la luz envolvían la comunidad que comenzó a tocar. De repente un viento de fuego recogió a Luzer, lo elevó de la fría nieve y lo envolvió en una amalgama de colores de desconcierto, así permaneció inerte mientras las horas pasaban, estaba suspendido y percibía como aquella luz, le succionaba la energía como las notas, los pentágramas salían de sus ser para fundirse en aquellos desconcertantes colores.

Y llegó el atardecer, cuando el Sol se retira por las montañas, los colores desaparecieron, las montañas no existían, lo que era un blanco manto, era ahora dura piedra ordenada. El  Señor de la luz había condenado al inmortal mago de música solar, al mundo de los mortales, en ese instante se sintió Fertús Utrillas Almudevar, sabía que aquella avenida Ramón y Cajal era la que conducía a su casa, miró al sol como se escondía entre las  toscas agujas de la Catedral y supo que él ya no era orante de la luz. 

Cuando el último rayo desapareció en un ocaso de rojos y menta la Luna le susurro al oído con delicada voz de plata “Cuando el rey de la luz, se pierda en el horizonte, la noche te entregará aquello de lo que la luz te ha despojado”.

Y así cada noche en el oeste de la ciudad, entre las ruinas de Montearagón rubato y trémolo. Cada noche aquel que por el día arrastra amarillos y timbre, enamora a la luna con compases de estrellas y luceros. Como cada noche en el compás de un rayo de ocaso y un pentágrama de caricias de azul oscuro.

sábado, 10 de septiembre de 2011

LEYENDA



HABÍA UNA CIUDAD ENCANTADA EN JORDANIA

    
 Cuando llegué a la pagina mil doscientos, de aquel extraño libro que había descubierto en el fondo de un baúl, en el recóndito rincón del desván de una casa de de un no menos recóndito pueblo de Teruel. Descubrí que la página en su parte superior, tenía un bonito grabado, era como un paisaje oriental, pero que mezclaba arquitecturas que me resultaban cercanas. El libro contenía viajes e historias, de oriente y occidente, pero al llegar a esa página me llamo la atención el relato de una poeta y una ciudad.

  “Cuando el cielo comenzaba a tornarse fuego entre malvas y añiles, la ciudad se ilumino, tan de repente que era como si miles de antorchas prendieran, tierra y cielo. El viajero que apostado en la colina contemplaba ese crisol de colores, sintió muchas emociones, tantas que sus lágrimas eran pequeños diamantes de color turquesa. Poco importa su nombre, era joven aunque su alma vagaba en eternidades complejas, su tez morena, sus cabellos pulidos en negro por los vientos del desierto, su mirada limpia, esa mirada que solo pertenece a los que como él, hacen de palabras, encantamientos para sostener un Universo baldío de buenos sentimientos.

   La ciudad se le mostraba con el esplendor de la noche y el fuego, su búsqueda había terminado, o tal vez comenzaba otra andanza entre estrellas, entre fuegos fatuos, entre sonrisas y deseos, otro camino de séntires porque el poeta es un sentir en si mismo. Con la quietud de las miles de palabras acumuladas en su alma, de miles de gritos ante los desdenes de los hombres, con la claridad de saber que el camino recorrido era mayor de lo que el destino asigna a los hombres, puso rumbo a las puertas de la ciudad, la luz y el destello de la ciudad le envolvía a cada paso, lejos de turbarse, sentía como tantos y tantos anhelos se iban haciendo realidad entre los fugaces impactos de una luz envolvente.

  Antes de cruzar el umbral de la ciudad, de repente el poeta, recordó su visita a un castillo en mitad del desierto habían pasado muchos años, su mirada impactó con el cielo, que en constante cambió, absorbía los colores que la luz de la ciudad irradiaba sobre él. Aquel castillo al que había llegado sediento, con su pequeño zurrón de piel de camello llena de pequeños pergaminos, y donde habitaba un joven rey, de rubios cabellos apenas se mantenía en pie, pero presentaba un pasado grandioso. El poeta se sorprendió de la belleza y elegancia del rey, de lo suntuoso del pequeño castillo, conducido a una gran sala, se quedó maravillado con las  pinturas que recubrían las paredes, vivos colores, que se vislumbraban en la tenue luz de escasas antorchas. Cuando joven rey lo sentó en su mesa, al poeta le llamo la atención la belleza del joven, sus ondas rubias, y también sus ojos de tristeza, su melancolía a flor de piel. El rey esbozando un leve sollozo le explico que su reino había sido un vergel en medio del desierto, el mítico reino de Qusair Amra; durante siglos la tierra fue generosa con todos los habitantes del reino, había comida para todos, la felicidad estaba en el umbral de cada puerta, en cada gesto y en cada sonrisa, era la ciudad de los músicos, de los cantantes, de los poetas, la ciudad de los malabaristas, cada rincón era una fiesta.

   La ciudad tenía llanos y altos, barrios amplios y lugares de ensueño, fuentes, jardines, escuelas y comercio, el rey torno una mirada triste en ese momento, explico al joven poeta, que al principio el rico comercio, hacia que en la ciudad todo fuera vida y conocimiento, que no faltara ningún enser necesario para la vida diaria de los habitantes de la ciudad, pero con los años, el comercio se tornaba avaro, cada día exigía más incluso lo hacía en nombre de la ley y la justicia, las laboriosas manufacturas de la ciudad, eran ninguneadas por el comercio, los trabajadores explotados, cada vez más leyes injustas, tornaron la pátina de la ciudad en andrajos, los hombres y mujeres de Quasir Amra, asistían impotentes viendo como, lo que era el rico vestido de su ciudad se tornaba en harapos, mientras el comercio se hacia más y mas rico y a la par asfixiaba más y más a las gentes que en otro tiempo habían vivido en idílico bienestar con su ciudad con sus vecinos con sus manufactureros.

  El bello rey explicó por último, como él mismo era un fabricante de muebles, y que había tenido que hacerse cargo del reinado de la ciudad, para así poder mantener a los escasos habitantes que aún quedaban todavía ahogados por los tributos que con el paso de los años el comerció seguía exigiendo, y por esa razón nada quedaba ya de la ciudad, solo el castillo y algunas casas ruinosas donde malvivían algunos artesanos”

  El poeta permanecía absorto y solo ante la puerta de la gran ciudad del fuego y la luz, una lágrima recorrió su mejilla, sintió como había recibido toda aquella desgracia contada en primera persona por aquel rey carpintero, como él poeta le había explicado que su camino era encontrar la ciudad mítica de la luz de los poetas, que ni siquiera aquel bello rey había oído nombrar, era la ciudad donde el poeta, guardaba en una gran templo de mármol blanco toda su poesía, donde cada mañana claveles blancos crecían en la puerta de cada casa, todo eran cantos y delirios de placer.

   Abrió su humilde zurrón de piel de camello, vio sus manuscritos, incluso esas pequeñas hojas donde había escrito un sueño o un leve instante donde la lluvia zumbaba en sus oídos. Recordó la mirada triste del Rey carpintero, como lamentaba la perdida de la belleza de sus ciudad y de sus gentes, miró de nuevo el espectáculo que ante sí presentaba la ciudad de los poetas, con una aroma envolvente a jazmines y rosas, en su palma extendida una lágrima como una perla de un rocío veraniego, el poeta levanto la palma y soplo para que la gota traspasará el umbral de la puerta, penetrando en la ciudad. Su lágrima entró perdiéndose en el bullicio y en la alegría, pero no el poeta, porque su tiempo de claveles blancos a la puerta de la casa, no había llegado, porque el poeta sintió que su palabra sería el susurro firme, frente a la avaricia, al engaño y a la falsedad, y que su sitio estaba en el desierto de los hombres y no en la ciudad de los poetas, sus negros cabellos pulidos por el sur, recibían el impacto de la luz de la ciudad, sus ojos miraron su destino sin miedo y en sus oídos comenzó a sonar como por arte de magia la danza final del sombrero de tres picos, mientras comenzaba sin atisbos de duda  el resto del camino de su vida por los soles y las lunas que iban a iluminarle.


viernes, 15 de abril de 2011

La Leyenda del gran río

Cuenta una leyenda que en los albores de la estepa que riega el gran río hay una ciudad, es una ciudad que evoca a una mujer tumbada al sol, dejando una mano dentro del agua, que no solo juguetea, también refresca su espíritu, dicen que la ciudad fue fundada por unos dioses, que derramaron sobre la tierra un elixir de ambrosía, que al mezclarse con la tierra, dio origen al gran río, pero el caudaloso y ancho río, no solo daba agua a sus habitantes, también, mientras dormían les nutría de bellos pensamientos que por la mañana les ayudaban a contemplar la luz del sol con alegría, a que los colores penetraran en su retinas de una manera rotunda, era la fuerza del gran río.

Pero el río a cambio, se llevaba un sueño de cada habitante, un sueño con el que alimentar su largo recorrido hacia el mar, este intercambio que era visto con tanta naturalidad, fue representado con cuatro barras sobre la tierra ocre de la estepa árida que el hombre de la ciudad domesticaba cada año, Y así durante siglos, la armonía entre el río y la ciudad, hizo que todos los hombres y mujeres, fueran de tamaño de esa tierra, a la que con la generosidad del río hacían reverdecer una y otra vez, al norte de ese bello territorio, las sagradas montañas donde habitaban los dioses creadores de la magia de la ciudad, velaban el orden natural. Y al sur, un manto llano de color rojo, unía el fuego de las estrellas con las tierras del gran río.

Un negro día, invasores profanaron las montañas del norte donde habitaban los dioses, y mediante engaños y crueles asesinatos, diezmaron a los hijos de ese río aquellos que con sus aguas benefactoras habían entregado lo mejor de sus sueños al río de su vía, la sencilla representación de las cuatro barras sobre el ocre de la tierra, fue profanada y proscrita, y tres fajones la sustituyeron, el río dejó de entregar pensamientos, para solo llevarse sueños, pero estos eran vacíos, la ciudad, esa bella mujer tumbada en la orilla del río con una mano dentro del agua, ya no rezumaba juventud, era una vieja desdentada y de piel arrugada y negra, con piedras de colores en las cuencas de sus ojos, ya no se recogían pensamientos y se entregaban sueños.

Y dice una leyenda, que en la árida estepa donde reverdecer es cada día más difícil, había un músico que cuando tocaba las notas de su laúd, hacía que el río entregara unos pocos buenos pensamientos, y recogía unos pocos sueños. Un día una niña le preguntó al músico ¿Algún día el río volverá a darnos pensamientos todas las noches y a recoger nuestros sueños? El músico taño cuatro cuerdas y mirando con los ojos brillantes de lágrimas a la niña, contesto: Sí, porque somos vencedores de tanto olvido y la nuestra es memoria de eternidad.

Si le buscas bien quizás puedas verlo, es como tú y como yo, pero al él el gran río todas la noche, le da pensamientos y él le devuelve sueños, cuando rompe el crepúsculo tañe cuatro cuerdas, entre las montañas de los dioses y los llanos rojos del sur.