miércoles, 28 de marzo de 2012

Yo vi renacer al Fénix


"Hubo un tiempo en el que los sábados  fueron maravillosos"


Siempre hay una primera mirada, un destello que llama tu atención, quizás lo imperceptible que pasa como un fugaz soplo, sin que en ese momento la conciencia adquiera presente lo que ocurre. 

Yo conocí al Fénix, una tarde de verano, no era consciente de ese encuentro. Mis retinas no se alteraron, ni mi mente sufrió descarga alguna por ese encuentro, es más, no era consciente de ese momento iniciático. Sin conciencia y sin hacer constatable lo presente, esa imagen sin embargo se quedó grabada en mi mente de tal manera, que ha sido fiel acompañante en estos años, estos últimos años. Cuando solo se tienen 22 años parece que es ilícito hablar de últimos años, pero sea por una cuestión matemática o sea porque ser tu mismo ya confiere algunos derechos; serán los últimos quede lo que quede en la bolsa tejida con aromáticas virutas de madera de sabina.

Yo te percibí elevado sobre el resto, junto al arte, acariciando esas creaciones que el paso de los años ha resecado como las arrugas de una piel curtida entre cierzo y agua. Nutriendo al arte de tu esencia, de tu poética plena de sabiduría. Coleccioné tus palabras que abrían caminos y nuevas veredas conduciéndome a Borges a Whitman a Rubén Darío y Buñuel a tu admirado Buonarroti y a Gala. Abrimos tardes de Prokófiev y Machado, de Verdi y García Márquez y se puso el sol para respirar noches de Cézanne y Barden de Almodóvar y el Bosco y amaneceres de Goya y Debussy.

Partituras de ensoñación, libros donde cada línea, cada página, era un paisaje por pintar y dibujos de caricias de luz tenue de palabras susurradas de bellos momentos, donde la complicidad  se respira en un paraíso que acaba en manos de un verdugo llamado tiempo. Lo sublime entre inviernos de jazmín y primaveras de agua salada. 

Yo conocí al Fénix y fui espectador "del cómo" la intriga lo apuñalaba por la espalda, las normas de los necios lo derribaban. Como la muchedumbre de los locos con carné rompía su gabinete mágico y el envidioso lo insultaba y el  hipócrita lo encarcelaba. Todos en la creencia de que acabando con él, lograrían diluir su obra y hacer caer en el olvido su mente.

Eso es lo que hace indeseables a los necios, hipócritas, mentirosos, vulgares y estúpidos, porque tras sus actos perniciosos no obtienen ni magia ni sabiduría alguna, siguen instalados en la vulgaridad, no conocen la perfección de cada sentimiento ni de cada emoción,  alimento que es savia nueva para cada cual y cada nosotros. 

Celebran con garrafón lo que creen es muerte de la belleza, de aquel que hace sombra por su saber, recortan la cultura, las cosas que hacen grande al tu y al nosotros, asquean el ellos porque instalan en el pronombre su hedor y su asco contagioso. Sin música que respirar, sin libros que lo alimenten, sin paisajes que acaricien con discreto rumor  sus pupilas.

Yo vi renacer al Fénix, cuando los estúpidos celebraban su desaparición, cuando sus pobres mentes no lo recordaban, el fuego de de sus alas batió de nuevo el cielo, de nuevo se situó en lo alto, acarició el arte, lo hizo renacer, nos mostró lo que mejor sabe hacer, el camino correcto, la senda que se recorre al mismo tiempo que se disfruta, sin importar a donde llega sin que la prisa se convierta en espada que nos acelera y envilece el corazón. Yo vi renacer al Fénix, en silencio como el atlas que se eleva sobre sí mismo y sujeta un universo de belleza y armonía, yo vi al Fénix con su espátula caliente, con sus algodones, con sus dibujos y pinturas con sus sabias palabras, con su mente de prodigios y catarsis de pigmentos infinitos, con la tranquilidad de los años con el suspiro de la emoción.

Sonaba una melodía por debajo de una torre, entre anocheceres de oleo y  finas estrellas de acuarela entre las luces de Lorca y las brisas de Alberti. Yo vi renacer al Fénix y una vez más le imploré cobijo.

jueves, 22 de marzo de 2012

Te daré una y mil veces las gracias


Tenía ese don especial, podía ver como los unicornios azules bajaban desde el Picarral a beber agua del Ebro, porque así son los ángeles terrenales, de tez blanca y mirada limpia, de genio y derroche, sin alas, pero con el corazón limpio. Se sentaba en una orilla y al refugio de esa luz especial miraba los últimos Unicornios del valle, sabía que había más en las montañas blancas y en las tierras rojas, pero estos eran los últimos que entre la magia y el silencio habitaban la ciudad.

Podía ver todo aquello que los humanos desconocían, porque estos  vivían condenados a la prisa, condenados a un mundo sin actos mágicos, ella era distinta, cada día cruzaba las dos orillas del gran río, sentía los rayos del tibio sol en su piel blanca; en días de niebla retenía como la ciudad quedaba envuelta en su manto y como las hadas de la niebla limpiaban las aguas de plata y las copas de los árboles de verde ilusión.

Se mezclaba entre las gentes, miraba, captaba alegrías y penas, sueños y desazones, multiplicaba los gestos, la mirada de un niño de ojos grandes buscando complicidades, la anciana curtida por el cierzo entre el Gancho y el Coso. Los suyos y los otros, era como si todos esos rostros fuera alegría y pena, sombra y luz. Solo ella podía verlos y solo ella nos puede hablar de ellos. ¿Vivimos en la luz? En realidad nuestra ingenuidad cree que así es, pero nada más incierto que sea la luz el aire que respiramos. La luz necesita sombras para erguirse poderosa, para reinar plena necesita una oscuridad que derrotar. La luz brilla allá donde la sombra oscureció los instintos. Nada hay más fugaz que una estrella, y nada más rotundo que la noche que nos debilita.

Y en la sombra ellos y nosotros, sus miradas, sus miedos sus desesperos, una música macabra que de repente se torna ingenua, alegre, vivaz. Para ser ellos hace falta entraña, para ser nosotros hace falta rasmia. El agua del gran río nos devuelve en un remanso de instantes nuestra imagen, esa que nos atemoriza, esa que en el transcurrir de los siglos decidimos abandonar en un pretérito de tinieblas, pero las nubes de algodón y los vientos sanadores dotaron al ángel de la fuerza necesaria para descorrer el telón de los gestos y mirarnos sin artificios ni trucos. Llegó el momento de saberse guadaña y lira, de ser piel mojada por una lluvia transparente de tomillos imaginarios. Ahora sí somos paja para arder en fuegos de melancolía, en risas de oscuridad. Viajamos en el sinsentido de la vida de los placeres sin ser conscientes de nuestra veneración en la sombra al sufrimiento embalado y etiquetado en caja para regalo.

Te daré una y mil veces las gracias por este mirarme en mi mismo yo, en nuestro mismo ellos, por crear el pentágrama donde el gesto se hace corchea y donde la intuición sostenido, donde el reflejo de esta orquesta maravillosa nos trae esos sonidos que jamás conocimos aunque siempre habitaron el rincón de nuestra mente, ese rincón que construimos de niños, atrincheramos de jóvenes y quizás olvidamos en la vejez. Te daré una y mil veces las gracias por hincar las manos en la tierra, esa tierra HÚmeda de Unicornios y orillas, esa tierra cuyas raíces nos yerguen bien la cabeZA, entre las sombras las luces, y arboledas que impedían, te daré mil veces las gracias por este mirar nosotros en el punto de volvernos hiedra. Como leí a un hombre sabio, TEnía que ser tú tierra.

jueves, 8 de marzo de 2012

Espejos de Cierzo

 A María, pues colaborar con ella en su trabajo es un honor para mi

Hubo  un momento que tras esa ventana, donde la luz pasajera se hace consecuencia de los rayos del sol y las gotas de lluvia, volví a la vida. Lamento decepcionar a aquellos que esperaban  ver levantarse la tapa del ataúd,  que una luz cenicienta creara una atmósfera de cripta y sobre todo tres estruendos de trombón hicieran estremecer la escena. Todo es más sencillo o tal vez –menos cinematográfico- ciertamente las puestas en escena aportan esa calidad a los renaceres, en este caso la atmósfera vino de la mano de la melancolía.

La melancolía es para mí como una niebla. Como una niebla cálida, densa, como si miles de suaves plumas te acariciaran, es como una flauta travesera suspendida en un fa. La melancolía es vivir tristezas actuales porque añoras felicidades vividas; Tal vez un día, todos fuimos felices en algún punto del universo, y, tal vez no fuimos felices pero esperamos brindar con esa intención en un futuro no muy lejano.

Me gusta sentarme en la orilla del gran río, hay ocasiones en las que te veo, paseando dubitativo por la otra -tú orilla- te veo como me miras con desdén  -sobre todo los días soleados- cuando no hay ninguna brisa ni fuerte ni débil que esculpa tu cara. Los días nublados me miras con cariño, querrías extender tu mano hasta mí y acariciarme, sonríes y tus ojos dejan escapar una leve salada de emoción. Los días de niebla eres puro deseo todo vibra a tu alrededor pero en los atardeceres sucios ese deseo es otro y en ocasiones ese deseo te lleva al rencor y el rencor a heridas que hacen tu alma jirones.

Hay días que me gusta sentarme en la puerta de la gran Catedral, te veo pasear con tu bondad como mochila, observas a la gente y casi nunca me ves, tu sonrisa entra en consonancia con los acordes de la mañana fría pero soleada, tú lo sabes todo de ellos, sabes sus triunfos y sus desazones, sabes que un día fueron felices pero también sabes que alguno lo será. Eres un coleccionista de sonrisas, pero no es lo único que coleccionas, también miradas, gestos y sobre todo momentos, donde en el leve transcurrir de un segundo se pergeña una maravillosa historia. Luego en la soledad de tu rincón, guardas tu colección en una caja  hecha de menta y polvo de hadas y cada día cuando la abres ordenas con meticulosidad todas tus colecciones, todas esas vidas ya vividas en cada rostro, en cada palabra.

El otro día coincidimos en la Sainte Chapelle, no te diste cuenta que yo estaba allí, mirabas absorto las vidrieras buscando que la multiplicación de colores iluminaran tu espíritu, buscabas calor en la luz, pero esos paramentos  pintados de evocaciones medievales no te dejaban levantar la cabeza, creías estar solo y no lo estabas, había desconocidos, esos a los que tu vida no les importa nada, esos que no saben quién eres ni de dónde vienes, los que no saben ni tu nombre ni que haces aquí en la ciudad de la dama. Pero un rayo descompuesto desde la vidriera central justo entre los rojos y los azules, dio calor a tu espíritu durante un instante, apenas un segundo, ese que te hizo recordar que desde tu castillo hoy desmoronado, tú los hiciste desconocidos, tú los sepultaste en el desfiladero de la indiferencia y ahora tú necesitas al mundo, necesitas conocerte porque has caído en el mismo barranco.

Me dispongo a tocar el concierto en do menor de Sibelius, ahora me observáis a mí, yo no os veo, las cuerdas me lo impiden, me sumerjo en cuerpo y en alma en las notas, en el batir del arco pero… ¡Quiero sentir! Ver porque esas miradas. Ver porque esa caricia, ese cariño inmerecido y ese grito de agonía. En el fondo yo soy también parte de vosotros, vosotros sois parte de mí, y, soy también el error y vosotros nunca seréis la solución porque la solución no existe. Estoy en el tercer movimiento, levemente os percibo sentados en la cola de una cometa, está también el niño grande de la estepa, han vendió los amigos del desierto, los toscanos  y también los australes. Junto a vosotros Shlomo  Mintz interpreta ahora el concierto mientras me mira y se compadece de mi, su arco es de plata, la orquesta es una alineación de estrellas que cambian de color en cada melodía, y la armonía final es un inmenso mar de sonrisas de historias por escribir y de llantos por derramar.

Ayer me senté en la calle Corvisart, te vi mientras anochecía entre la Rhapsody in blue de Gershwin y las Hébridas de Mendelssohn, caminabas pensativo, tu mirada esbozaba esa lista secreta de maravillosas personas que piensan que eres increíble. Tú sabes que no lo eres, puedes llegar a ser cicuta pura, sueles decir lo mucho que sufres, pero eres dañino, tus palabras enloquecen el espíritu y luego te abandonas en lo físico en lo intrascendente, créeme lo sé bien, te observo porque yo soy tú.